Que nuestro cuidado del agua sea un signo de amor por el Creador

«Señor de la Vida, nos has regalado el agua, fuente de fecundidad, frescura y esperanza. (...) Te damos gracias porque el agua es también símbolo de tu gracia y de tu amor, que nos renuevan a través del Bautismo. Hoy te pedimos que nos enseñes a cuidarla con gratitud, justicia y responsabilidad». León XIV
Al meditar en estas palabras, cómo no pensar en la Vigilia Pascual, en el gran cirio decorado y en la fuente bautismal. El celebrante invoca al Espíritu Santo y, con un gesto tan sugerente como impresionante, sumerge el cirio encendido —símbolo de Cristo Resucitado— en el agua destinada al bautismo, es decir, destinada a quienes conforman la Iglesia. El agua tiene un papel central en la liturgia y en los sacramentos: «a través del culto somos invitados a abrazar el mundo en un plano distinto», escribía el Papa Francisco. El agua y otros elementos naturales así «son asumidos con toda su fuerza simbólica y se incorporan en la alabanza (...). El agua que se derrama sobre el cuerpo del niño que se bautiza es signo de vida nueva» (Laudato si’, 235) en Cristo y con Él.
Ese papel central en la liturgia no sorprende, ya que este líquido insustituible ha tenido siempre un rol fundamental en nuestra vida: en nuestros asentamientos, ritos y cultura, en la alimentación e higiene, en la legislación, la producción y el transporte. Las sociedades humanas han sido moldeadas por el agua —acceder a ella, protegerse de ella— y, al mismo tiempo, han influido cada vez más en el agua y en el ciclo hidrológico a través de canales, presas, extracciones, contaminación y emisiones que alteran el clima.
La oración del Papa León XIV exhorta a proteger y cuidar el agua de manera responsable. Es un desafío importante, ya que las capacidades de ingeniería actuales y la contaminación hacen que la humanidad sea capaz de degradar gravemente la calidad de los recursos hídricos, poner en peligro el equilibrio de las reservas subterráneas y alterar el curso de grandes ríos. Se necesita un impulso colectivo de responsabilidad, lucidez y solidaridad para preservar las condiciones de vida y de habitabilidad en nuestra casa común. Una habitabilidad que no significa mera supervivencia, sino condiciones que respeten la dignidad humana y sean acordes al desarrollo integral de todos.
«Que nuestro cuidado por el agua sea un signo de amor al Creador»: una preocupación aún más importante para los cristianos que —recuerda el Papa León— saben que el agua es un don del que no tenemos mérito alguno. Este regalo de nuestro Padre, además, tiene un destino universal: es para toda la familia humana, de una generación a otra. Por eso, la intención de oración de este mes de septiembre evoca la situación —más o menos grave, peligrosa y humillante, según el caso— de quienes no tienen un acceso adecuado al agua potable.
Pensemos en quienes disponen de poquísima agua, tal vez de dudosa calidad, o que les resulta muy costosa. Pensemos en las zonas de conflicto con cisternas y tuberías destruidas, y en las personas desplazadas. Incluso en los casos «menos graves», sin embargo, no podemos bajar la guardia ni ser menos exigentes y diligentes. No hay lugar para la indiferencia: después de todo, estamos hablando del agua, un bien fundamental.
En este sentido, el 1 de septiembre comienza la iniciativa ecuménica Tiempo de la Creación, que este año se celebra bajo el lema «Agua Viva», inspirado en el capítulo 47 de Ezequiel. En la visión del profeta, el agua es un agente divino de renovación, justicia y esperanza; una fuerza vivificante que brota del santuario de Dios. La visión comienza con un arroyo que fluye desde el Templo, lugar de oración y sacrificio, y se convierte en un río que se ensancha a medida que fluye, alimentado por la adoración y las oraciones del pueblo de Dios. Esta agua no se limita a sostener la vida, sino que regenera el ecosistema: de hecho, Ezequiel vio «que en ambas orillas había muchísimos árboles... Este torrente fluye hacia el este, baja hasta la llanura del Jordán y desemboca en el mar Muerto. Cuando llega al mar, sus aguas saladas se sanean y se vuelven saludables» (Ez 47, 7-8). La conversión, la sanación y el renacimiento van de la mano. Con la conversión de los corazones y los comportamientos, ha llegado el momento de un esfuerzo por hacer realidad, de forma equitativa y sostenible, el derecho de acceso al agua potable (que suele ir de la mano con el derecho al saneamiento), un derecho que el Santo Padre considera un «derecho sin fronteras».





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