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Santa Teresita: una vida ofrecida con Cristo para la misión

hace 4 horas
6 min de lectura
Cada 1 de octubre celebramos a santa Teresita del Niño Jesús, copatrona de la Red Mundial de Oración del Papa. Su pertenencia al Apostolado de la Oración desde niña nos ayuda a redescubrir el sentido profundo del Ofrecimiento Diario: unir nuestra vida a Cristo que se ofrece al Padre y, unidos a Él, ofrecernos para colaborar en su misión y en la venida de su Reino.

Queridos amigos de la Red Mundial de Oración del Papa:


El 1 de octubre celebramos la fiesta de santa Teresita del Niño Jesús, copatrona de la Red Mundial de Oración del Papa. Para quienes formamos parte de esta obra, no es solamente la memoria de una gran santa de la Iglesia. Es también la fiesta de una de los nuestros.


Entre los documentos que conservan la memoria de Teresita encontramos uno especialmente querido para nuestra historia. En 1885, cuando tenía solamente doce años, Thérèse Martin fue admitida en el Apostolado de la Oración. Y conservamos su billete de admisión.


Una niña de doce años en el Apostolado de la Oración


El documento lleva por título: «Billet d’admission dans l’Apostolat de la Prière – Ligue du Cœur de Jésus» (Billete de admisión en el Apostolado de la Oración – Liga del Corazón de Jesús).


Pero hay un detalle todavía más significativo: En el centro del documento aparece aquello que constituía el primer grado del Apostolado: «Offrande quotidienne au Sacré Cœur» (Ofrecimiento cotidiano al Sagrado Corazón). Y debajo comienza la oración: «Divin Cœur de Jésus, je vous offre ma journée…» («Divino Corazón de Jesús, te ofrezco mi jornada…»)



Billete de admisión de Thérèse Martin en el Apostolado de la Oración, 1885. El documento presenta como primer grado del Apostolado el «Ofrecimiento cotidiano al Sagrado Corazón»: «Divino Corazón de Jesús, te ofrezco mi jornada…».


Esta pequeña estampa nos permite contemplar algo muy hermoso: el Ofrecimiento Diario que nosotros continuamos haciendo hoy formó parte también del camino espiritual de la joven Teresita. Aquella niña no podía imaginar hasta dónde la conduciría el Señor.


Una vida escondida y profundamente misionera


Con los años entraría en el Carmelo de Lisieux. Nunca recorrería países anunciando el Evangelio, nunca predicaría ante multitudes y nunca fundaría una gran obra apostólica. Su vida transcurrió, humanamente hablando, dentro de los límites de un monasterio. Y, sin embargo, llegó a sentirse profundamente misionera.


Había descubierto que para participar en la misión de Cristo no es imprescindible llegar físicamente a todos los lugares. Podemos alcanzar con la oración lugares a los que nuestros pies nunca llegarán. Podemos sostener a quienes anuncian el Evangelio. Podemos unir a Cristo nuestro trabajo, nuestras dificultades, nuestras alegrías, nuestros sufrimientos y hasta las acciones más pequeñas de cada jornada.


Teresita llegó a preguntarse: «¿No es el apostolado de la oración, por así decirlo, más elevado que el de la palabra?» Su propia vida acabaría siendo una respuesta a aquella pregunta. Rezaba por los sacerdotes y los misioneros, acompañó espiritualmente a quienes habían partido a anunciar el Evangelio y comprendió progresivamente que una vida aparentemente escondida podía tener una inmensa fecundidad cuando estaba unida a Cristo y ofrecida por amor.


¿Qué significa ofrecer nuestra vida?


Aquí encontramos uno de los grandes tesoros de la espiritualidad del Apostolado de la Oración que hoy, como Red Mundial de Oración del Papa, estamos llamados a redescubrir: el Ofrecimiento Diario.


Pero ofrecer nuestra vida no significa simplemente presentar a Dios nuestras obras, esfuerzos o sufrimientos. Nuestro ofrecimiento comienza en el ofrecimiento de Jesús: Cristo es quien se entrega enteramente al Padre por nosotros y por el mundo. Y esa entrega de amor se hace sacramentalmente presente cada vez que celebramos la Eucaristía.


Por eso, cuando ofrecemos nuestra jornada, no realizamos un ofrecimiento separado del suyo. Unimos nuestra vida a Cristo que se ofrece al Padre. Llevamos hasta Él todo lo que somos y todo lo que vivimos: nuestra oración y nuestro trabajo, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestras relaciones, preocupaciones, capacidades y también nuestra fragilidad. Y le decimos: Señor, une mi vida a la tuya. Porque Él se ofrece primero, nosotros podemos ofrecernos con Él. Y unidos a Él en su ofrecimiento, podemos ofrecernos nosotros mismos para colaborar con Cristo en su misión.


«Venga a nosotros tu Reino»


Aquí aparece otra dimensión fundamental del Ofrecimiento Diario. Cada vez que rezamos el Padrenuestro decimos: «Venga a nosotros tu Reino». No pedimos solamente que Dios transforme el mundo mientras nosotros permanecemos como espectadores.


Al unir nuestra vida al ofrecimiento de Cristo, nos ponemos también a su disposición: «Aquí estoy, Señor. Cuenta conmigo». Queremos colaborar con Él para que su Reino se haga presente en nuestro mundo. Entonces toda nuestra existencia puede convertirse en lugar de misión: Nuestro trabajo, el cuidado de una persona, una dificultad vivida con amor... pueden convertirse en ofrenda. Una enfermedad, una alegría, una conversación, el cansancio de una jornada o un pequeño gesto de servicio pueden ser unidos a Cristo. No porque nuestras pequeñas acciones tengan por sí mismas una fuerza extraordinaria, sino porque las unimos a la ofrenda de Cristo.


Esta es la profundidad eucarística del Ofrecimiento Diario: unir cada día nuestra vida a la ofrenda de Jesús, que celebramos en la Eucaristía, para ofrecernos con Él al Padre y quedar disponibles para su misión.


El «caminito» de Teresita


Desde aquí podemos comprender mejor el pequeño camino de santa Teresita. Su «caminito» no consistía simplemente en hacer cosas pequeñas. Consistía en hacerlas unida a Jesús y por amor. En un mundo que suele valorar lo extraordinario, lo visible y aquello que produce resultados inmediatos, ella descubrió la fecundidad escondida de una vida entregada. Nos enseña que cada instante puede convertirse en ofrenda, cada gesto en amor y cada jornada en colaboración con la misión de Cristo. Y precisamente aquella religiosa que nunca abandonó la clausura acabaría siendo proclamada patrona de las misiones.


Rezar por las intenciones del Papa


Hay todavía otro aspecto de la vida de Teresita que nos resulta especialmente cercano. Al final de su vida expresó su deseo de vivir como hija de la Iglesia y rezar por las intenciones del Santo Padre, capaces de abrazar las necesidades del mundo entero. Más de un siglo después, eso es precisamente lo que continuamos haciendo quienes formamos la Red Mundial de Oración del Papa.


Cada mes el Papa confía a su Red una intención de oración. Detrás de ella hay rostros concretos. Hay sufrimientos y esperanzas. Hay grandes desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia. Los acogemos en nuestra oración. Pero hacemos algo más: los llevamos con nuestra propia vida hasta el altar.


Cuando ofrecemos nuestra jornada por las intenciones del Papa, unimos nuestra vida y esas intenciones al ofrecimiento de Jesús. Y, unidos a Él, nos hacemos disponibles para colaborar en su misión de compasión por el mundo. Por eso pertenecer a la Red no consiste solamente en conocer cada mes una intención y rezar por ella. Es aprender a vivir en disponibilidad apostólica, unidos al Corazón de Jesús, haciendo de nuestra existencia una ofrenda y poniéndola al servicio de su misión.


«Aquí estoy, Señor»


Resulta especialmente significativo que aquella niña de doce años cuyo nombre encontramos escrito en un sencillo billete del Apostolado de la Oración terminara siendo proclamada patrona de las misiones y, muchos años después, copatrona del propio Apostolado de la Oración.


Su historia nos ayuda a comprender nuestra propia vocación. Teresita nos muestra que para ser misioneros no siempre tenemos que hacer grandes cosas. Lo primero es unir nuestra vida a Jesús y ofrecernos con Él. Por eso, en su fiesta, quisiera invitaros a recuperar con renovada profundidad ese gesto sencillo con el que comenzamos cada jornada: el Ofrecimiento Diario.


Que al hacerlo seamos cada vez más conscientes de lo que estamos diciendo:


Jesús, uno mi vida a la tuya.

Tú te ofreces al Padre y yo quiero ofrecerme contigo.

Recibe lo que hoy soy y lo que hoy viviré.

Únelo a tu entrega, que celebramos en la Eucaristía.

Hazme disponible para tu misión.

Que mi oración, mi trabajo, mis alegrías y mis dificultades

puedan colaborar contigo

para que venga a nosotros tu Reino.


Pidamos a santa Teresita que nos enseñe a recorrer también nosotros su pequeño camino: confiar, ofrecer y amar. Que nos ayude a descubrir que nuestra vida cotidiana, por sencilla que sea, puede convertirse en misión cuando permanece unida al Corazón de Jesús.Y que quienes hoy formamos la Red Mundial de Oración del Papa podamos renovar cada mañana nuestra disponibilidad: unidos a Cristo que se ofrece por nosotros, nos ofrecemos con Él para colaborar en su misión y servir a la venida de su Reino.


Santa Teresita del Niño Jesús, copatrona de la Red Mundial de Oración del Papa,

ruega por nosotros.


Unidos en el Corazón de Jesús,


David Fornieles

Director Nacional

Red Mundial de Oración del Papa | España

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