"Misión agradable"


Como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado - porque aquel sábado era muy solemne - los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como le hallaron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. Lo atestigua el que lo vio y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No se le quebrará hueso alguno” y también otra Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron”.


Jn 19,31-37, Misa para la Solemnidad del Sagrado Corazón, Año B


Hace tres siglos, en Paray-le-Monial, el Señor quiso confiar a las religiosas de la Visitación y a los Jesuitas "la dulcísima tarea" de dar a conocer a todos los hombres el amor herido de su Corazón. El recuerdo de este acontecimiento nos invita a dar gracias al Señor y a profundizar en el sentido de este misterio; y, para dar un nuevo vigor a nuestra misión, guiados en esto por santa Margarita María y por San Claudio, meditaremos sobre el episodio que nos propone el evangelio.

El acontecimiento que proclama Juan como final solemne de toda la Pasión del Señor está enormemente marcado, desde cualquier nivel que se examine, por la fiesta de Pascua. Para quien se contente con una mirada superficial, la gran preocupación es la observancia de la ley que no tolera que los cuerpos permanezcan en la cruz durante el gran sabbat. Los soldados romanos se encargarán de este formalismo. Y así, cuando uno de ellos hiere al Señor en el corazón para verificar si está verdaderamente muerto, no hace más que llevar a cabo un gesto habitual y constatar simplemente una muerte. ¿No encontramos aquí la imagen que resume todo el proceso de Jesús?

Para el Señor es la expresión misma del amor loco de Dios a los hombres, mientras que para los hombres no se trata más que de una ley que hay que observar en la indiferencia rutinaria de un procedimiento. "Tenemos una ley, y según esta ley debe morir".

La autoridad, representada por la persona del procurador romano, puede lavarse ya las manos para significar que no es en absoluto responsable de toda esta sangre inocente. Pero es precisamente en el momento en que los hombres van a dar pruebas de la dureza de su corazón, cuando Dios hace irrupción en la historia para revelar el Corazón de su Hijo, cuyo amor da a la Pasión su verdadero significado.

"Uno de los soldados, con su lanza, le atravesó el costado y enseguida salió sangre y agua". Para este soldado no es más que un incidente inesperado, quizá molesto, pero que no le revela nada que vaya más allá de este costado atravesado y que le deja completamente frío e indiferente. Y, sin embargo, este golpe de lanza ha desencadenado el cumplimiento de las promesas de la antigua alianza; estos huesos que no han sido rotos proclaman que el Crucificado es el verdadero cordero pascual; la herida del costado abre hacia la invisible herida del amor de Dios; el agua y la sangre son estos ríos de agua viva, anunciados por la Escritura, que brotan de la verdadera roca en el desierto que es Cristo. Los espectadores no han visto nada, no mucho más que nosotros cuando todavía dudamos en mirar a "aquel que han atravesado" o cuando preferimos a esta mirada las ocupaciones múltiples que nos llevan a preparar, según nuestro gusto, una fiesta pascual que no se vive ya según el corazón de Dios. A causa de estos rechazos y de estas indiferencias, interviene Dios, en muchas ocasiones y bajo diferentes formas, para atraer nuestra mirada sobre el Crucificado con el costado atravesado, para que descubramos el corazón herido de su Hijo bien amado contra quien el odio del hombre de corazón de piedra ha ido hasta el fin de sus posibilidades y en quien el amor de Dios nos "ha amado hasta el fin".

Es así como Dios irrumpe en la vida de Santa Margarita María y de San Claudio, los primeros de la multitud de los que han asumido hasta hoy esta dulcísima tarea de anunciar toda la riqueza revelada por el costado abierto del Crucificado - toda la amplitud, toda la profundidad y toda la altura de Dios que es Amor, todo el misterio del Corazón de Jesús. Las palabras que intentan expresarlo cambiarán, las perspectivas teológicas que intentan explicarlo se desplazarán, y las imágenes, que no alcanzarán jamás a dar a este misterio una forma artística, habrá que inventarlas siempre de nuevo; pero estará siempre entre nosotros, ofrecido a nuestras miradas, "Aquel que atravesaron" y la dulcísima tarea de dar testimonio de ello, como hizo el discípulo al que Jesús amaba.

Porque lo que los soldados no vieron, Juan lo vio y da testimonio de ello - un testimonio auténtico - "para que vosotros también creáis". Viendo lo que sucede ante sus ojos en el Calvario en esta hora en la que se prepara la celebración de la gran Pascua, Juan se conmovió hasta lo más profundo de su corazón. Viendo morir al Señor, le pareció perder toda esperanza de ver a la Vida vencer para siempre a la muerte. En la primera Pascua el Señor había luchado "con mano fuerte y brazo vigoroso" para que el pueblo elegido fuera liberado de la esclavitud. Por su fe en Jesús, el Cordero de Dios, Juan iba a poder celebrar la gran Pascua que destruiría para siempre el poder del príncipe de este mundo. Ya que, al brotar del corazón del Señor herido por la lanza el agua y la sangre, Juan ve y cree: Pascua significa entonces que, por su muerte el Señor de la vida ha vencido a la muerte. En la muerte de la cruz resplandece la gloria de Dios. Desde este momento, este Jesús que debemos contemplar es ciertamente un crucificado, cuyo cuerpo está marcado por las heridas, pero porque, según el rito pascual, sus huesos no han sido rotos, no es un cadáver repugnante con los huesos rotos el que el Padre ofrece a nuestras miradas mas una víctima cuyo costado ha sido atravesado, contemplado a la luz de la Pascua y que revela la gloria de amor que es el corazón de Dios. Es el amor de su Corazón divino que no deja "al que le ama ver la corrupción" sino que, al contrario, hace brotar la Vida, este Espíritu de amor, inmediatamente derramado sobre todos los que quieren contemplar "a Aquel al que han atravesado"; bautizados así en el agua y en la sangre, en la muerte y en la resurrección, forman este pueblo nuevo que es la Iglesia, nacida inmediatamente del costado atravesado del Señor.

Observando lo que ha hecho la lanza del soldado, Juan entona, lleno de fe, la profecía de Zacarías según la cual la contemplación del Atravesado por la lanza anuncia, como una manifestación del amor del Corazón de Dios, la alegría en la tristeza, el perdón en la falta, y, en el rechazo de amar, la reparación. La reparación, sí! Porque aquel que contempla desde la fe al que atravesaron, no puede ceñirse a ser solamente un adorador del misterio de amor; esta contemplación le lleva a vivir el misterio pascual con espíritu de reparación, a dejar que su corazón de piedra se transforme en corazón de carne, amando activamente, por el agua viva y la sangre derramada, al Padre y en El a todo hombre.

Comprendida de esta manera, la dulcísima tarea de dar a conocer el Corazón de Jesús no es la búsqueda de un sufrimiento que se cultivaría a sí mismo, sino que, como lo comprendió el apóstol bien amado, y como lo comprendieron después de él Margarita María y Claudio La Colombière, el fiel no puede celebrar el agua viva de Pentecostés sin participar también en la sangre derramada en el calvario. La dulcísima tarea irradia a través de los hombres y de las mujeres cuyo corazón está marcado por el Corazón de Cristo, nuestra Pascua. Y es su amor el que transforma la angustia paralizante de la muerte en confianza Pascual de la vida, la guerra surgida del odio en paz, fuente de la civilización del amor, la injusticia de los hombres en esta justicia que exige el mandamiento del amor. Esta es la verdadera reparación: una participación activa en la obra de la redención, en el agua viva y en la sangre derramada que no cesan de brotar del Corazón atravesado de Jesús.

Damos gracias al Corazón de Jesús por todo el bien hecho durante tres siglos por aquellas y aquellos que han asumido de todo corazón la dulcísima tarea que les ha sido confiada. Que por la intercesión del Corazón Inmaculado de María, la Compañía de Jesús pueda llevar a cabo la misión, recordada por el Papa Juan Pablo II en Paray-le-Monial, de anunciar al hombre de nuestro tiempo el amor del Sagrado Corazón cuya fidelidad nos acompaña de generación en generación.

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