Eucaristía y Apostolado de la Oración


Hemos de entender la Eucaristía en su totalidad: sacramento-sacrificio, sacramento-comunión, sacramento-presencia. La vida cristiana debe estar "eucaristizada"; con mayor razón debe estarlo la vida del miembro del Apostolado de la Oración. En efecto: el Apostolado de la Oración cultiva especialmente el misterio de la redención; ahora bien, la Eucaristía es el sacramento de la redención, centro, por tanto, de la vida cristiana, fuente y cumbre de la vida espiritual del cristiano.

La vivencia eucarística en la espiritualidad del Apostolado de la Oración no se reduce al amor y veneración de la presencia sacramental, ni a la reparación amorosa por los sagrarios abandonados. Estos aspectos, valiosos y dignos de vocación especial en la Iglesia, no los excluye el Apostolado de la Oración, pero no constituyen su luz especial. Lo que el Apostolado de la Oración pretende es que el cristiano viva la Eucaristía.

En este sacramento hay una vivencia espiritual de "ser redimido" por Cristo, que entrega su Cuerpo y su Sangre por nosotros y por todos los hombres. Hay una invitación y una urgencia para ofrecer el sacrificio de Cristo y nuestro sacrificio con Él. La Eucaristía estimula al cristiano a imitar la oblación de Jesucristo, haciendo nosotros lo mismo por los demás, aprendiendo la actitud oblativa redentora de la vida entera: el ofrecimiento de la propia vida con Cristo al Padre, en sacrificio espiritual extralitúrgico -somos "hostia viva y santa, "ofrenda permanente"-, viviendo según la voluntad de Dios, ofreciendo los trabajos y alegrías, aceptando las adversidades de la vida.

El sacrificio del altar, vivido en su esencia, nos hace asumir el sentido sacrificial de la vida cristiana, y nos da energía para vivir los sacrificios espirituales de la vida diaria, las alegrías y las cruces, para luego traerlas en el ofertorio de la Misa siguiente y ofrecerlas con Cristo, transformados en la inmolación del mismo Cristo.

Nos mueve, además, a vivir toda nuestra existencia en servicio entregado a los hermanos con las disposiciones de Cristo en la Eucaristía: con amor entregado , poniendo en juego todo nuestro ser, sirviendo a los hermanos con los que convivimos, e irradiando en torno la caridad de Cristo. De esta manera, la Eucaristía construye la "comunión" eclesial.

Es lo que podemos llamar vivir la Misa las veinticuatro horas; vivir el ofrecimiento con calidad digna de lo que ha sido ofrecido a Dios y asociado a la redención de Jesucristo. Se establece así un doble movimiento: traer la vida entera para ofrecerla en la Eucaristía, y llevar la Eucaristía para informar nuestra vida.

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